Uno de los oficios más apasionantes del mundo de la moda y que más envidia nos genera en T38, es el de
consejero artístico. Todos los grandes tienen una camarilla a la que relegan el dulce trabajo de espigar imágenes evocadoras que luego nutrirán al diseñador dándoles, o no, forma en sus colecciones. Son sus consejeros espirituales, aquellos en los que relegan para alimentar su espíritu creativo. Y todo vale si se trata de inspirar.
Esta chica risueña y afortunada es Camille Miceli, consejera artística de Marc Jacobs para Louis Vuitton. Por ejemplo, Camille llama a Marc y le lleva a ver un palacio barroco en Venecia durante la Bienal. Desde arte contemporáneo hasta el arte callejero de las
lolitas góticas de Tokio, en cualquier lugar puede llegar la inspiración y una consejera tiene que tener los ojos bien abiertos. Ha de ser como un radar para captar lo bello, lo sublime, en cualquier objeto, escenario o personificación.
Que Camille se dedicara a aconsejar a un grande, lo tenía grabado en su
adn. Su madre, redactora de moda para revistas italianas en Paris, colaboró con
Guy Bourdin. Su padre empezó como fotógrafo de moda para acabar como editor de libros de arte y trabó amistad con YSL.
Así que a los 18 la futura consejera artística, ya estababa colaborando con Chanel en múltiples facetas (en los casting, prensa, estudio de creación, desfiles en el extranjero...)
Esa visión poliédrica de la moda, le ha hecho no encasillarse y por ello en Vuitton se ocupa además, de los shows, del lanzamiento de la alta joyería, de las exposiciones... Ella es la responsable, en época de desfiles de trabajar el concepto de la pasarela, de la elaboración de los accesorios, sin descanso. Viviendo y durmiendo en la oficina. 24 horas de trabajo. No nos da pena.
Camille (izq.) con Emmanuel Alt (centro)En los desfiles de Paris, móvil en mano, octubre 2006
En la cena Louis Vuitton, marzo 08